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Acta de Matrimonio (Iglesia) de Domenico Scalzo y Angelina Ciró

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En los fastos y memorias de la muy noble e insigne ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, cabeza y emporio del Departamento de La Capital en la floreciente Provincia de Santa Fe, quedó asentado para perpetua recordación y testimonio de las generaciones venideras, el sacrosanto matrimonio que ante Dios Nuestro Señor y su Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana celebraron en el día décimo del mes de junio del año de gracia de mil novecientos y dos, dos almas que habiendo nacido bajo el mismo cielo de la meridional Calabria, en el lejano y glorioso Reino de Italia, vinieron por los inescrutables designios de la Divina Providencia a encontrar su ventura y bienaventuranza en estas pampas americanas.

¿Quién no se maravillará al considerar los arcanos del destino, que habiendo deparado el nacimiento del gallardo mancebo Domenico Scalzo〈n°22〉en la villa de Decollatura, provincia de Catanzaro, y el de la virtuosa doncella Angelina Ciró〈n°23〉en la ciudad de Rossano, provincia de Cosenzalugares ambos de la región calabresa separados por no más de ciento treinta kilómetros, distancia que un buen caminante cubriría en seis jornadas de marcha—, dispuso que hubieran de emprender la magna travesía de doce mil kilómetros, cruzando océanos y continentes, para que sus corazones se unieran bajo las augustas bóvedas de la Catedral de Todos los Santos?

¡Oh templo venerando! ¡Oh sagrado alcázar de la fe, cuyas torres se alzan como cirios encendidos hacia el firmamento, cuyas naves acogen bajo sus arcos las plegarias de los fieles, cuyas piedras han sido testigos mudos de mil ceremonias, mil lágrimas de gozo, mil suspiros de devoción! En tu recinto sagrado, donde el mármol frío se calienta con el aliento de las oraciones, donde las vidrieras emplomadas tamizan la luz del día creando arcoíris de colores celestiales sobre el pavimento, donde el eco de los órganos asciende hacia las alturas llevando consigo las súplicas de los mortales, fue donde estos dos corazones calabreses recibieron la bendición nupcial que los convirtió en una sola carne ante los ojos del Altísimo.

Imaginad, si vuestro entendimiento alcanza a tanto, la escena que se desarrolló en aquella memorable mañana: el sol de junio derramando sus rayos dorados a través de los ventanales góticos, el murmullo quedo de los congregados, el aroma del incienso que se elevaba en espirales perfumadas hacia la cúpula, y en medio de toda esta solemnidad, nuestros dos protagonistas —él, vestido con sus mejores galas dominicales, con el porte gallardo de quien ha cruzado mares buscando su destino; ella, ataviada de blanco inmaculado como azucena del campo, con la hermosura que rivaliza con las mismas diosas del Olimpo— pronunciando ante el altar mayor, ante la cruz redentora, ante los santos que desde sus hornacinas los contemplaban benévolos, los votos sagrados que los unirían para toda la eternidad.

El oficiante, revestido con los ornamentos litúrgicos que la tradición prescribe para tan augusta ceremonia, alzó sus manos ungidas hacia el cielo y pronunció sobre las cabezas inclinadas de Domenico y Angelina aquellas palabras sacramentales que tienen el poder de unir lo que Dios ha juntado y que ningún mortal puede separar: «Ego vos in matrimonium conjungo, in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.»

Y así quedó sellada ante el tribunal celestial, inscrita en el libro de la vida, consignada para la eternidad, la unión de estos dos hijos de Italia que vinieron a convertirse en padres fundadores de una estirpe americana, llevando en sus venas la sangre generosa de Calabria y en sus corazones el amor infinito que los había guiado a través de océanos y continentes hasta este altar bendito, donde el eco de las campanas de Decollatura y Rossano se fundió en un solo tañido nupcial bajo las bóvedas catedralicias de Santa Fe de la Vera Cruz.

Quede, pues, esta relación como testimonio imperecedero de que el amor verdadero no conoce fronteras ni distancias, que las almas predestinadas se encuentran aunque las separen continentes, y que la bendición divina convierte la unión de dos corazones humanos en reflejo del mismo amor eterno con que Dios ama a sus criaturas, prefigurado en las bodas místicas del Cordero con su Iglesia, anunciado en las bodas de Caná donde el agua se transformó en vino, como símbolo de cómo el amor humano se transfigura en amor divino cuando recibe la gracia sacramental del matrimonio, según consta y se lee en el documento original que reposa en los archivos digitales de FamilySearch en el enlace que a continuación se os provee:

https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:XF5G-XMC