En los archivos y registros de la muy noble, leal e insigne ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, cabeza y emporio del Departamento de La Capital, perla engarzada en el collar de oro que forma la próspera Provincia de Santa Fe en la vastísima República Argentina, quedó para perpetua memoria y testimonio de las generaciones presentes y venideras, asentado con toda la solemnidad que los sagrados ritos del registro civil prescriben y ordenan, el acta que da fe y testimonio del nacimiento de una criatura que habría de convertirse en eslabón precioso de aquella cadena de oro que une las generaciones, fruto bendito del amor que atravesó océanos y continentes para florecer en tierras americanas.
Fue en el día vigésimo primero del mes de septiembre —mes en que la naturaleza toda se viste de sus galas primaverales en estas latitudes australes, cuando los almendros florecen como nieve temprana, cuando las brisas tibias anuncian la llegada del estío, cuando el sol alarga sus rayos dorados sobre las llanuras infinitas— del año de gracia de mil novecientos veinticuatro, cuando la ciudad de Santa Fe, desperezándose entre el murmullo de sus calles empedradas y el tañer de sus campanas centenarias, fue testigo del más dulce de los milagros: el nacimiento de una niña a quien sus padres, con la sabiduría que otorga el amor paternal, hubieron de imponer el nombre de Irma Nelly Scalzo〈n°11〉.
¡Oh nombre dulcísimo, que suena en los oídos como música celestial! Irma, que en la lengua de los antiguos germanos significa «la que es fuerte«, «la que es entera«, «la que permanece firme como la roca en medio de las tempestades«; Nelly, diminutivo tierno de Elena, que evoca la hermosura que hizo navegar mil naves hacia las costas de Troya, la belleza que inspiró versos inmortales a los poetas de todos los tiempos. Y Scalzo, apellido que como blasón heráldico lleva grabado en sus sílabas el eco de las campanas de Decollatura, el aroma de los olivares calabreses, la memoria de aquellos antepasados que un día cruzaron el Mare Nostrum en busca de nuevos horizontes y mejores venturas.
¿Quién hubiera podido predecir, contemplando aquella tierna criatura recién llegada al mundo, que en sus pequeñas manos se concentraba toda la herencia de dos patrias, toda la esperanza de dos continentes, todo el amor de dos corazones que habiendo nacido bajo el sol ardiente de Calabria, vinieron a unirse bajo el cielo argentino para dar fruto en esta tierra generosa? En sus ojos brillaba ya la promesa de un futuro venturoso; en su llanto —primer canto de la vida, primera melodía que entonó su garganta infantil— resonaban los ecos de las nanas que cantaron las madres de Rossano y Decollatura; en su respiración —suave como el suspiro de la brisa marina— palpitaba el aliento mismo de la vida que se renueva eternamente.
¡Oh misterios de la generación humana! ¡Oh prodigios de la naturaleza que cada día se renuevan sin que por ello pierdan su capacidad de maravillarnos! En el pequeño cuerpo de Irma Nelly se conjugaban las sangres de Italia y Argentina, se mezclaban las esencias del Viejo y el Nuevo Mundo, se fundían en perfecta armonía las tradiciones milenarias de Europa con las esperanzas flamantes de América. Era ella, sin saberlo aún, depositaria de la memoria de sus antepasados calabreses y heredera de las promesas que encerraba esta tierra argentina, donde sus padres habían venido a plantar el árbol de su descendencia.
El documento que testifica tan señalado acontecimiento —papel bendito que guarda entre sus líneas el testimonio de una vida que comenzaba, pergamino moderno que conserva para la posteridad la memoria de aquel día dichoso— fue expedido por las autoridades competentes del Registro Civil de la Provincia de Santa Fe, institución venerable que custodia con celo de arcángel los momentos más solemnes de la existencia humana: nacimientos que son como auroras, matrimonios que son como mediodías esplendorosos, y defunciones que son como ocasos serenos.
Y así quedó inscrita en los anales oficiales de la República Argentina, asentada en los libros inmortales donde se consignan los nombres de cuantos ven la luz en esta tierra bendita, registrada para perpetua memoria en los archivos que trascienden la fragilidad de la carne mortal, la llegada al mundo de Irma Nelly Scalzo〈n°11〉, flor argentina injertada en tronco italiano, estrella nueva que comenzaba a brillar en el firmamento de la familia, esperanza viva de la continuidad de aquella estirpe que había tenido la audacia de cruzar océanos en busca de su destino.