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Acta de Nacimiento de Leonardo Miguel Vetti

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En este venturoso día, que el sol, cual monarca de los cielos, si bien menguado en su poderío por la estación invernal, ilumina con su postrer y más refulgente arrebol los cielos australes, y bajo el amparo de los hados propicios que, cual hilanderas celestes de inescrutable designio, rigen los intrincados y a menudo misteriosos destinos de los mortales, pongo ante vuestros preclaros ojos, no sin cierta solemnidad, unción, devoción y el más cabal decoro que la ocasión amerita, el pergamino digital que, cual don preciado y de inestimable valía, me fuera mercedado por la diestra mano y el beneplácito de la insigne, venerable y siempre diligente oficina del Registro Civil de la Provincia de Santa Fe. He aquí, pues, el testimonio más fiel, más prístino y más veraz, exento de toda mácula, falacia, superchería o ficción, del acta de nacimiento de un nuevo ser que, por designio inescrutable de la Divina Providencia, vino a poblar este vasto y prodigioso orbe, para mayor gloria del Creador y regocijo de la humanidad. Sea, pues, conocido por cuantos lean estas letras, cual si fuesen grabadas en bronce eterno, el nombre de aquel cuya génesis hoy celebramos con tan pomposa retórica: Leonardo Miguel Vetti〈n°10f〉.

Vino al mundo este infante, por gracia inefable de la Providencia y milagro de la naturaleza, en la muy noble y leal comarca de Santa Fe de la Vera Cruz, ciudad de ilustre abolengo y de la cual se cuentan gestas heroicas que bien merecerían ser cantadas por los más excelsos trovadores, sita en el vasto y feraz Departamento La Capital, en la próspera y generosa Provincia de Santa Fe, tierra de labriegos esforzados, de hombres de bien y de mujeres de temple, perteneciente a la hidalga y soberana República Argentina, nación de horizontes infinitos, de campiñas que se pierden en la lejanía y de un futuro que se vislumbra promisorio. El día en que sus tiernos ojos, cual luceros recién encendidos en la penumbra del crepúsculo, se abrieron a la luz del día, para dicha y regocijo inmarcesible de sus venturosos progenitores y de cuantos le esperaban con anhelo en el calor del hogar, fue el veintidós de julio del año de Nuestro Señor de mil novecientos veintidós. ¡Oh, día memorable! Cuando, allí, en esas tierras australes, el invierno desplegaba su manto de frío y susurraba sus vientos gélidos, mas la vida, indómita y pujante, florecía en el corazón de un nuevo ser, desafiando la estación con su propia calidez y esperanza.

Y todo ello, como queda dicho y reiterado para mayor certeza y para que no quede resquicio alguno a la duda, me ha sido otorgado a mi expresa y humilde petición, formulada con la debida cortesía y persistencia, en este formato digital, prodigio de la modernidad y de la ingenio humano que, cual alquimia de nuestro tiempo, permite que los añejos legajos de antaño cobren nueva vida en las pantallas de hoy, sin perder un ápice de su intrínseca verdad, su valor histórico y su solemnidad.

Sea, pues, esta presentación de su génesis vital, cual crónica de antaño forjada con pluma de ganso y tinta de nogal, pero ahora transmutada en unos y ceros, un tributo perenne a la memoria de los tiempos idos y al incesante devenir de los tiempos venideros, que con su lento pero inexorable curso, cual río caudaloso que no se detiene ante escollo alguno, tejen la intrincada y maravillosa trama de las vidas de los hombres, desde el alba de su existencia hasta el ocaso de sus días. Que este documento sirva de faro y guía para las generaciones futuras, testificando la llegada de Leonardo Miguel Vetti〈n°10f〉 a este mundo, bajo el frío abrazo del invierno austral, pero con el calor de una vida que comenzaba.