Jornadas memorables y muy verdaderas de cómo, después de un prolongado sueño de mis archivos y de una holganza indesculpable, resucité de entre el polvo y el olvido viejos papeles amarillentos, nombres medio borrados, memorias que parecían extinguidas, y, con el corazón en vilo y la ayuda de mi descendencia, emprendí viaje de raíces que, paso a paso y legajo a legajo, desenterró linajes ocultos, corrigió yerros antiguos, restituyó honras mal entendidas y, sobre todo, avivó con llama clara y poderosa el fuego secreto de la sangre que, aunque dormido, nunca se había apagado del todo en nuestras venas.
Después de unos cuantos meses en que mis archivos, pobres y resignados, quedaron entregados a la tiranía del polvo, y yo —indolente caballero de las genealogías— me olvidé por un tiempo de aquellas nobles y antiguas labores, quiso el calendario brindarme ocasión propicia. Y así, aprovechando el tradicional viaje de fin de año que hacemos en familia, decidí consagrar el inicio de este nuevo año al ilustre empeño que algunos llaman «viaje de raíces».
Para quien no lo sepa —y no se desdiga luego arrepentido—, un viaje de raíces es aquella empresa medio sentimental, medio arqueológica, mediante la cual uno retorna a los lugares donde sus antepasados vivieron, trabajaron, amaron, pelearon o simplemente dejaron su humilde rastro en el polvo del tiempo. También se le conoce, según regiones, como viaje de ascendencia, turismo genealógico, peregrinación familiar o, en palabras de los más poéticos, “la ruta del linaje”. Mas todos estos nombres no son sino distintos ropajes de un mismo espíritu: la búsqueda del origen, la conversación muda con los muertos y la reconciliación con las historias que nos anteceden.
Decidí, pues, emprender tal jornada acompañado de mis hijos, para que sus ojos jóvenes contemplasen aquellos pueblos cuyos nombres tantas veces vieron en mis notas, aquellas piedras que vieron caminar a sus bisabuelos y tatarabuelos, y aquellos horizontes que alguna vez fueron el límite del mundo posible para nuestra familia.
Esta determinación, noble en intención y laboriosa en ejecución, me obligó a volver sobre mis propios pasos de archivero aficionado. Abrí los ficheros, revisité los documentos, soplé el polvo de las carpetas digitales y volví a sumergirme en la sopa de apellidos, fechas inciertas, documentos mal escaneados, parroquias obstinadas y nombres que se repiten con más terquedad que un hidalgo enojado. Y, como suele suceder cuando se despierta a los fantasmas del ayer, no tardaron en presentarse nuevas piezas para el rompecabezas de mi linaje: datos que había pasado por alto, errores que pedían urgente corrección, archivos inesperados que aguardaban ser descubiertos y uno que otro misterio que, tentador como doncella en balcón, reclamaba ser desentrañado.
Así comenzó este nuevo periplo: con la mochila llena de dudas, la memoria reanimada y el firme deseo de llevar a los míos a andar por las sendas que caminaron aquellos cuya sangre —a veces clara, a veces revuelta— corre hoy por nuestras venas. Y aunque todavía no sé qué revelaciones guardará este año de pesquisas, me atrevo a afirmar que ya el simple hecho de volver a los orígenes hace que cada paso valga la pena.
Porque, al final, quien cava en la memoria no solo edifica el pasado: también construye el porvenir.